El Consejo Local de Seguridad de Choele Choel “retomó formalmente su funcionamiento”. Así lo anunció el municipio con pompa burocrática: mesa integrada, diálogo reactivado, enfoque integral. Pero cuando uno raspa la superficie del comunicado oficial, surgen grietas profundas. ¿Dónde están los nombres de las instituciones civiles que supuestamente participaron? ¿Qué organizaciones sociales, barriales, educativas o religiosas estuvieron ahí? El silencio es elocuente. O fue una omisión deliberada… o la “amplia participación” es solo un espejismo para disfrazar una mesa cooptada por el Estado y las fuerzas de seguridad. En democracia, la transparencia no es opcional: es la primera medida de prevención contra el clientelismo.
Y hablando de prevención: presentaron el 0800 DROGAS como la gran solución. Una línea anónima para denunciar narcomenudeo. ¿Y después? ¿Acaso creen que el problema termina cuando un pibe de 16 años vende en la esquina? ¿Nadie en esa mesa se atrevió a preguntar por qué esos chicos están ahí? ¿Nadie exigió un plan de inteligencia que, en vez de perseguir al eslabón más débil, remonte la cadena hasta los que manejan el dinero, las armas y la impunidad? Mientras los “peces gordos” sigan intocables, cada denuncia anónima solo alimentará la ilusión de que estamos ganando una guerra que, en realidad, se está perdiendo en los barrios.
Peor aún: APASA vino a capacitar sobre “consumos problemáticos” con enfoque sanitario. Bienvenido sea. Pero suena a cinismo cuando el hospital local agoniza. Los trabajadores de la salud denuncian un sistema “detonado”: falta personal, insumos, camas. ¿Cómo van a detectar adicciones tempranas si ni siquiera alcanzan para atender una neumonía(esto es una ironía)? ¿Cómo ofrecer acompañamiento terapéutico cuando los centros de salud están colapsados? La prevención no se decreta con folletos: se construye con presupuesto, con trabajo digno, con esperanza.
Y ahí está el nudo que nadie quiere desatar: madres de Choele Choel hoy temen que sus hijos, sin empleo ni futuro, terminen vendiendo marihuana, cocaina o paco para sobrevivir. No es una metáfora. Es la cruda realidad de una ciudad golpeada por el desempleo estructural. Mientras el gobierno provincial recorta y el municipio improvisa con photocalls y líneas telefónicas, la desesperación se convierte en el mejor reclutador del narcotráfico.
Reactivar un consejo de seguridad sin abordar las causas —el hambre, la exclusión, la falta de Estado presente en los barrios— no es política pública. Es teatro. Y el público de Choele Choel, cansado de escenografías, exige acciones concretas: trabajo, salud real, y justicia que no se conforme con perseguir al último eslabón.
La seguridad no se construye desde un despacho con aire acondicionado. Se construye desde abajo. O no se construye.










