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Importaciones en alza y exportaciones en caída: la fruticultura argentina pierde terreno y reclama políticas urgentes

El ingreso masivo de frutas y hortalizas del exterior, en un contexto de derrumbe de las exportaciones y ausencia de políticas de respaldo, enciende una alarma roja en las economías regionales. Por primera vez, el valor importado igualó al exportado y Argentina comienza a diluir su histórica condición de país netamente exportador de frutas.

El crecimiento sostenido de las importaciones de frutas y hortalizas comienza a configurarse como una amenaza concreta para la producción local. Mientras los volúmenes que ingresan desde Brasil, Chile y otros mercados se disparan, los giros al exterior se contraen con fuerza y el sector denuncia la falta de herramientas oficiales que le permitan competir en igualdad de condiciones.

Según un informe publicado por el Mercado Central con datos del Senasa, en enero el ingreso de papa brasileña creció 88,9% interanual, al pasar de 891 a 1.684 toneladas. Más contundente aún fue el salto en cebolla: las importaciones aumentaron un 259%, en paralelo a una caída superior al 53% en las exportaciones de esa misma hortaliza. El contraste es tan elocuente como preocupante.

En frutas, la tendencia no es menos inquietante. A la tradicional importación de bananas se suman ahora cítricos como naranjas, limones y pomelos, estos últimos con un incremento cercano al 40% en las toneladas provenientes de Chile, Egipto, España, Israel y Perú. La uva importada desde Brasil, Chile y Perú pasó de ser marginal en 2025 a ubicarse entre las 15 especies frutihortícolas con mayor participación en las compras externas, con un crecimiento explosivo del 1.245%.

Mientras tanto, las exportaciones muestran una contracción significativa. En enero se enviaron al exterior más de 1.200 toneladas menos de naranja fresca (-28,2%) y más de 2.200 toneladas menos de manzana (-53,3%). También retrocedieron las ventas externas de ciruela, uva y cereza fresca. Solo la pera (9,5%) y el durazno (19,3%) lograron exhibir números positivos, insuficientes para compensar el deterioro general.

El diagnóstico sectorial es claro. La consultora Top Info Marketing, liderada por la ingeniera agrónoma Betina Ernst, advirtió que “sin políticas de apoyo resulta muy difícil sostener una fruticultura moderna, incorporar la tecnología necesaria para competir a nivel internacional y ofrecer al mercado la calidad que hoy exige el consumidor”. El informe atribuye la disparada de las importaciones a la apertura comercial impulsada por el Gobierno nacional y señala que, más allá de la banana, crecieron de manera sostenida las compras externas de paltas, limas-limones, ananás, uvas, kiwis, manzanas y cerezas, productos que compiten de forma directa con la oferta local.

El dato más contundente es simbólico y estructural a la vez: en 2025, el valor importado igualó al exportado. Si bien en términos de volumen las exportaciones aún superan a las importaciones —debido a su menor valor unitario—, la Argentina dejó de ser exclusivamente un país exportador de frutas para convertirse también en importador neto en términos de valor. Una frontera que, hasta hace poco, parecía lejana.

La consultora también advierte que el escaso peso relativo de la fruticultura dentro del comercio exterior argentino la dejó relegada en la agenda oficial. En un contexto de crisis recurrentes y riesgo de default, el Gobierno prioriza a los grandes generadores de divisas —oleaginosas, granos, hidrocarburos y minería— en detrimento de las economías regionales. Así, la fruticultura, pese a su rol como generadora de empleo, sostén social en amplias regiones del país, proveedora de alimentos saludables y garante de la sustentabilidad de los ecosistemas agrarios, queda subordinada a las urgencias macroeconómicas.

La consecuencia es doble: se reduce el espacio de la producción nacional en el mercado interno y se debilita su inserción internacional. En ese escenario, el sector advierte que no se trata solo de estadísticas comerciales, sino de la supervivencia de miles de productores y trabajadores que ven cómo la apertura sin compensaciones erosiona su competitividad. La pregunta que queda flotando es si la Argentina está dispuesta a resignar una de sus históricas economías regionales en nombre de un equilibrio que, por ahora, no derrama sobre quienes producen en el territorio.

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