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Ingresos en crisis: 8 de cada 10 asalariados formales no cubren la canasta básica

Un informe del Indec expone la brecha entre salarios y costo de vida a fines de 2025. Pese a la supuesta baja de la pobreza, la mayoría de los trabajadores registrados no alcanza el umbral básico y la desigualdad se profundiza.

El cierre de 2025 dejó al descubierto una tensión estructural en la economía argentina: la creciente distancia entre los ingresos de los hogares y el costo de vida. Según datos del Indec, casi ocho de cada diez asalariados formales no percibían ingresos suficientes para cubrir la canasta básica total de un hogar promedio, que en diciembre superó los $1.308.713.

El dato contrasta con las cifras oficiales que habían mostrado una supuesta caída de la pobreza durante el mismo período, lo que reavivó cuestionamientos metodológicos sobre la forma en que se mide el fenómeno. En los hechos, la evolución de los salarios revela que, aunque hubo recomposición nominal, el poder adquisitivo continúa deteriorado frente a la inflación.

El mapa de ingresos por deciles refleja con claridad esta desigualdad. Mientras el 10% más pobre percibe alrededor de $140.000 mensuales, el 10% más rico supera los $3.000.000. La brecha se amplía a lo largo de la escala: recién a partir del decil 8 los ingresos comienzan a acercarse al costo de la canasta básica, y sólo los deciles 9 y 10 la superan con cierto margen.

En términos concretos, la mitad más pobre de la población (deciles 1 al 5) no alcanza ni siquiera el 50% del valor de la canasta. Esto implica que, incluso sumando ingresos dentro de un mismo hogar, amplios sectores medios y bajos enfrentan serias dificultades para cubrir gastos esenciales.

El ingreso promedio individual se ubicó en $635.996, con una mediana de $450.000, lo que evidencia que la mayoría de la población se concentra en niveles bajos de ingresos. Del total estimado de 30 millones de personas, el 62,6% percibió algún tipo de ingreso, con un promedio de $1.011.863.

Al segmentar por estratos, el ingreso medio del nivel bajo (deciles 1 al 4) fue de $351.028, mientras que en el sector medio (deciles 5 al 8) alcanzó los $940.586. En contraste, los sectores de mayores ingresos (deciles 9 y 10) registraron un promedio de $2.476.247.

Las diferencias también se replican por género: los varones percibieron en promedio $1.191.364, mientras que las mujeres alcanzaron los $838.336, consolidando una brecha persistente.

Entre la población ocupada, el ingreso promedio fue de $1.068.540, con una mediana de $800.000. Sin embargo, el tipo de inserción laboral marca diferencias significativas: los trabajadores con aportes jubilatorios ganaron en promedio $1.321.353, mientras que quienes se desempeñan en la informalidad percibieron apenas $651.484.

En los hogares, los ingresos laborales representan el 79,2% del total, aunque en los sectores más bajos crece la dependencia de ingresos no laborales, que llegan a explicar el 67,7% en el primer decil.

El informe no solo pone en evidencia la desigualdad, sino también la precariedad creciente del mercado laboral. En ese marco, las propias cifras oficiales tensionan el relato sobre la evolución social: entre cambios metodológicos, inconsistencias estadísticas y una realidad salarial que no logra seguirle el ritmo a los precios, la medición de la pobreza queda bajo un manto de dudas.

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