Feriantes denuncian coerción, abandono y falta de diálogo por parte del municipio, mientras crece el malestar por decisiones que afectan su trabajo y exponen el desinterés de la gestión local.
La tensión entre los feriantes y el municipio alcanzó un nuevo punto crítico por el destrato que, aseguran, reciben del funcionario encargado de coordinar la feria. Productores, artesanos y manualistas denuncian imposiciones, falta de transparencia y un abandono casi total de responsabilidades por parte de la comuna, en un contexto económico donde cada venta resulta vital para la subsistencia de decenas de familias.
Como ya se había informado, la mayoría de los feriantes se había manifestado en contra de participar de la feria itinerante por los barrios, al considerar que implicaba una clara desventaja económica en momentos de crisis nacional y fuerte caída del consumo. En una reunión realizada el domingo 11, y por votación mayoritaria, se decidió no participar de esa modalidad. Al día siguiente, la decisión fue comunicada formalmente al municipio. Sin embargo, lejos de respetar lo resuelto colectivamente, desde la coordinación se cambió la modalidad y se volvió obligatoria la asistencia, bajo amenazas encubiertas: el predio quedaría sin luz, sin agua y en tareas de mantenimiento.
Según relatan los productores, el responsable de la feria, conocido como “el Ruso” García, primero comunicó en el grupo de WhatsApp que no se iría por los barrios y que hablaría con cada feriante en privado. Media hora después borró esos mensajes y afirmó que “muchos” lo habían llamado diciendo que sí querían ir, sin detallar cuántos ni quiénes. Esa falta de claridad generó enfrentamientos internos entre los propios feriantes, sembrando sospechas y división. “Somos entre 70 y 80 feriantes y apenas se habló de unos 20 que habrían aceptado”, señalaron.
La feria finalmente se realizó en el barrio Villa Unión, con una presencia mínima de puestos, algo que incluso fue notado por los vecinos. Muchos de los que asistieron lo hicieron por pura necesidad económica, no por convicción ni acuerdo con la decisión. “Fuimos porque es nuestro trabajo y necesitamos laburar, no porque quisiéramos estar ahí”, expresaron. Para agravar la situación, no hubo presencia organizativa: García no dio la cara y otra funcionaria, Romina, llegó cuando todo ya estaba armado.
El malestar no se limita a este episodio. Los feriantes aseguran que el municipio no aporta nada real al funcionamiento de la feria. Pagan internet, limpieza de baños, el canon municipal y hasta han invertido su propio dinero para mejorar la instalación eléctrica. Sin embargo, la comuna nunca envió al técnico para realizar las conexiones necesarias. Hoy existen apenas tres enchufes para toda la feria, y la caja de conexiones fue comprada por los propios feriantes. Tampoco hay una conexión de agua: cada domingo un feriante debe improvisar una canilla para abastecer mínimamente el predio.
El estado del lugar es otro símbolo del abandono. Denuncian que no se riega el predio desde hace meses, pese a reiterados pedidos, pero que el domingo de la feria fue inundado de manera intempestiva. “Solo tiene el título de feria municipal, porque el municipio no hace nada por la feria”, afirman con crudeza.
A esto se suma una herida abierta: el traslado forzado desde el predio original, ubicado en la entrada de la isla, un lugar estratégico por donde circulaban vecinos y turistas, lo que garantizaba un movimiento constante de público. Ese espacio había comenzado a ser mejorado por la gestión anterior, pero el actual gobierno decidió reconvertirlo en un polo gastronómico, desplazando a la feria a un sitio menos visible y menos rentable. “Nos prometieron que en el nuevo lugar nos harían todo. No hicieron nada, como la mayoría esperábamos”, sostienen.
Los productores recuerdan que, en el predio original, la feria no solo funcionaba mejor en términos económicos, sino que también cumplía un rol social y turístico clave. El cambio de ubicación no fue consensuado y significó una caída directa en las ventas, afectando de lleno a trabajadores independientes que dependen casi exclusivamente de lo que logran vender cada fin de semana.
También cuestionan el uso instrumental de la feria dentro de los llamados “Domingos Culturales”. Según explican, la propuesta cultural se reduce muchas veces a un pequeño escenario y un gazebo, y es la feria la que realmente convoca público. “Si no está la feria, no va nadie. Por eso nos obligaron a participar”, afirman, dejando en claro que la feria es el verdadero motor de esos eventos.
El conflicto expone algo más profundo: la falta total de diálogo y de construcción colectiva. “Somos trabajadores independientes, no empleados del municipio. Nada se decide con nosotros, aunque somos quienes hacemos la feria”, remarcan. Y agregan: “Si el coordinador no quiere estar a cargo, que le deje el lugar a otro. Nadie lo obliga, como a nosotros nadie debería obligarnos a aceptar este destrato”.
En este contexto, las críticas no solo apuntan a la coordinación directa, sino que salpican de lleno a la gestión del intendente Ramello. Para los feriantes, las malas decisiones, la improvisación y el desinterés por resolver problemas estructurales deterioran la imagen del gobierno local. Pero advierten que, al no poder ser reelecto, el jefe comunal parece ya no preocuparse por el costo político de cada conflicto.
Mientras tanto, la sensación que queda es la de una gestión más enfocada en la estética de los espacios verdes que en atender las necesidades reales de la comunidad trabajadora. La feria municipal, lejos de ser acompañada y fortalecida, sobrevive gracias al esfuerzo de quienes la sostienen con su propio bolsillo, su tiempo y su dignidad. Una postal que desnuda, una vez más, la distancia entre el discurso oficial y la realidad cotidiana de quienes viven de su trabajo.










