En la Argentina de las crisis cíclicas y las memorias selectivas, el peronismo vuelve a hacer lo que mejor sabe: dividirse con ferocidad, disputar poder hasta el límite de la fractura y, cuando el desgaste amenaza con dejarlo al borde del abismo, ensayar una reunificación épica, casi mística, como si nada hubiera ocurrido. Las bases observan primero con estupor, luego con indignación y finalmente con una mezcla de alivio y esperanza. El guion se repite. Cambian los nombres; la lógica permanece intacta.
Esta vez, la escena tuvo como escenario el departamento de San José 1111, donde la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner cumple su condena. Allí la visitó Miguel Ángel Pichetto, en un encuentro que el medio digital La Política Online (LPO) reveló en exclusiva y que ya es leído como un movimiento de alto impacto en el tablero del peronismo nacional.
Amnesia estratégica y futuro en clave de unidad
Según confirmaron fuentes partidarias a LPO, la reunión se realizó el martes pasado. Pichetto, hoy diputado nacional, llevaba años distanciado de Cristina, aunque jamás dejó de defenderla en el terreno judicial. En su entorno insisten en que, pese a las diferencias, la respeta políticamente.
Para evitar rispideces, acordaron “no hablar del pasado” y enfocarse en el armado futuro del peronismo. No es un detalle menor: Pichetto suele afirmar que para hacer política en la Argentina “hay que tener un poco de amnesia”. La frase, más que una boutade, parece un método.
El exsenador fue jefe del bloque oficialista durante los gobiernos de Cristina. Tras la derrota de 2015, tomó distancia del kirchnerismo, fue candidato a vicepresidente de Mauricio Macri en 2019 y, en las últimas presidenciales, apoyó a Horacio Rodríguez Larreta, para finalmente resultar electo en la lista de Patricia Bullrich. Su trayectoria reciente es, por decirlo suavemente, sinuosa.
Sin embargo, en los últimos meses Pichetto comenzó a hablar de la necesidad de unidad y a tender puentes con sectores del bloque de Fuerza Patria. Su planteo es claro: hay que sellar un acuerdo entre el peronismo bonaerense y el del interior, es decir, entre el kirchnerismo y los no kirchneristas. Una síntesis que históricamente se logró más por necesidad que por convicción.
Un mensaje implícito a Kicillof
El gesto de reunirse primero con Cristina no es neutro. Supone una desautorización política hacia Axel Kicillof, flamante presidente del PJ bonaerense. Pichetto nunca ocultó su desconfianza hacia el gobernador y ha sido particularmente crítico de su enfoque económico. “Si quiere reordenar su proyecto presidencial y tener alternativa real, tiene que cambiar la visión y las ideas”, le recomendó recientemente.
El mensaje es evidente: el poder simbólico y la centralidad siguen orbitando en torno a la expresidenta. Y Pichetto, pragmático, eligió hablar con quien considera que todavía concentra la verdadera representación.
Mientras tanto, el país en liquidación
Todo esto ocurre en un contexto en el que el liberalismo —autodefinido como libertario— avanza sin matices ni sutilezas. Con una lógica de shock permanente, despedaza estructuras productivas y expone al país como si fuera una mercancía en liquidación de fin de temporada. Las formas dejaron de importar y la ética pública se diluye en un relato que promete pureza mientras acumula prácticas que ya superan, en descaro y obscenidad, muchos antecedentes de la historia política argentina.
En ese marco, Pichetto sostiene que el peronismo debe reconstruirse sobre la defensa de la industria nacional, golpeada por la avalancha de importaciones —especialmente chinas— que asfixian a pymes y grandes empresas. También plantea la necesidad de respaldar a los grandes empresarios nacionales que, según su visión, están siendo atacados por el gobierno de turno.
El planteo no es novedoso: es el viejo ideario desarrollista con ropaje aggiornado. La pregunta es si esa defensa será coherente o simplemente instrumental hasta recuperar el poder.
El eterno retorno
Si la unidad se concreta, el peronismo volverá a abrazarse como si los agravios y traiciones nunca hubieran existido. Las bases celebrarán la “madurez” y la “reflexión”. Y el ciclo recomenzará.
No hace falta ser profeta para anticipar el desenlace. Basta con mirar la historia argentina de las últimas décadas. Los capítulos se repiten con distintos protagonistas, pero con idéntica estructura dramática: ruptura, crisis, reconciliación, gobierno, desgaste y nueva ruptura.
Mientras tanto, el país real —el de la producción, el trabajo y la vida cotidiana— sigue esperando que alguna vez la política abandone el ritual del eterno retorno y asuma que la memoria no puede ser solo una herramienta discursiva, sino también una responsabilidad histórica.










