Bajo una lluvia torrencial y la nube tóxica de la represión federal, la 5° Marcha Federal Universitaria expuso la crueldad de la extrema derecha. Mientras afuera caían bombas lacrimógenas sobre estudiantes y jubilados, adentro el oficialismo aseguraba la falta de quórum para mantener vigente el DNU 70/23.
Era una multitudinaria manifestación pacífica, una fiesta de la democracia que reclamaba el cumplimiento de la ley, hasta que el gobierno de Javier Milei decidió, una vez más, que la única respuesta válida es la violencia institucional. Lo que debía ser el acto central de la 5° Marcha Federal Universitaria mutó rápidamente en un cuadro de terror surrealista: una lluvia de bombas lacrimógenas y gas pimienta cayó en parábola sobre columnas pacíficas de estudiantes, docentes, jubilados y personas con discapacidad.
“En la puerta de la casa de la democracia están tirando gases contra el pueblo”, gritaba una estudiante desde el escenario, con la voz rota por la amplificación y el aire espeso de una tarde que se tornó barro y asfixia. Hacía minutos que había sonado el Himno Nacional, pero la imagen de la Plaza de los Dos Congresos ya no era la de un país que debate, sino la de una cacería organizada por los ejércitos de la noche mileísta.

El protocolo del miedo
Escupen los hidrantes con rabia. Reina en Congreso la ley del gas. Un brutal e hipertrofiado operativo policial, coreografía maníaca de la extrema derecha, anticipó lo que pasadas las 15:30 se consumó: fuerzas federales desplegándose sobre la multitud que exigía la implementación de la Ley de Financiamiento Universitario.
“Nos odian, nos quieren matar; vinimos a protestar en paz. Milei, sos la dictadura”, escupía un trabajador de la UOCRA cerca de la Biblioteca del Congreso, mientras el aire se llenaba de los mantras colectivos que el gobierno intenta ahogar: “La patria no se vende”. Desde el escenario, un docente suplicaba el cese del fuego, recordando que el Estado incumple la ley hace más de un año y despilfarra presupuesto en armamento contra un pueblo indefenso. La única respuesta del cordón azul fue una segunda salva de gases.
Traición en el recinto
Mientras el cielo se caía a pedazos en un aguacero torrencial y la marea humana resistía empapada de dignidad, en el recinto de Diputados se consumaba la otra cara de la traición. La sesión para bajar el DNU 70/23 y tratar la Emergencia en Discapacidad y Endeudamiento Familiar volvió a caerse por falta de quórum. El gobierno que reprime en la calle es el mismo que garantiza el desfinanciamiento en las leyes.
Voces contra el ajuste
Antes de que las bombas cortaran el aire, la plaza era una cátedra a cielo abierto donde convergían todas las deudas de la patria. Florencia, estudiante secundaria de San Miguel, bajó al centro para defender un futuro que Milei quiere hipotecar: “Tengo planeado estudiar Veterinaria o Relaciones Internacionales. Espero que no las cierre. Estoy acá para proteger mi futuro”.
A su lado, Victoria Carballo, de Educación Especial, denunciaba el estigma y el cierre de puertas al colectivo de discapacidad, recordando a Mafalda y señalando a los efectivos que “aman el palito de abollar ideologías”. Pero el dolor más profundo tenía la voz de Ricardo, un jubilado de 72 años, colectivero de toda la vida, que no dudó en calificar la situación como un “genocidio”: “Se nos mueren 150 compañeros por mes porque les sacaron los remedios o porque no comen. Pasé a Martínez de Hoz y a Menem, pero este ajuste es salvaje. Hay que frenarlos”.
La realidad de la precarización laboral también tuvo su espacio. Melany Ticona, primera universitaria de su familia, denunció que el gobierno parece empujar a los jóvenes a “subirse a una bici a repartir o manejar un Uber” como único destino. Su compañera lo resumió con un cartel que se volvió viral: “La universidad pública nos dio cinco Premios Nobel; la privada a Milei”.
Resistencia bajo la tormenta
El reclamo por la tierra y la soberanía también echó raíces. Patricia, de la UTT, repartía plantas de lechuga como un acto de resistencia ante la extranjerización de los campos: “Nos condenan a la pobreza mientras quieren entregar las tierras a los ricos”.
Cuando el estribillo de “Jijiji” aturdió la plaza bajo la feroz tormenta, no hubo pogo, sino una marea de cuerpos corriendo a la deriva para escapar de las nubes químicas y los disparos a quemarropa. El saldo de la cacería oficial fue, una vez más, decenas de heridos y detenidos. Pero lejos de amedrentar, la represión dejó una certeza grabada en un pasacalle mojado que flameaba como última advertencia contra el gobierno ultraliberal: “Si nos unimos NO PASARÁN”.
Con información y fotos de “Tiempo Argentino”










