Inicio / POLÍTICA / 9 de Julio: ¿Independientes de quién?

9 de Julio: ¿Independientes de quién?

Cada 9 de Julio repetimos el mismo ritual. Banderas celestes y blancas. La Casa de Tucumán. El locro. Las empanadas. Los discursos. Y el grito obligado: “¡Viva la Patria!”.

Pero hay una pregunta incómoda que casi nadie quiere hacer.

¿De qué independencia estamos hablando?

Porque una cosa es recordar una fecha histórica, y otra muy distinta es vivir como un país verdaderamente independiente.

La historia oficial simplificó muchas cosas. El 9 de julio de 1816 no nació la República Argentina tal como hoy la conocemos. El Congreso declaró la independencia de las Provincias Unidas en Sud-América, una construcción política todavía fragmentada, atravesada por guerras civiles, territorios ausentes y proyectos enfrentados. La propia cláusula que rechazaba “toda otra dominación extranjera” fue incorporada días después, reflejando que el temor no era solamente España: también existía la preocupación por quedar bajo la influencia de otras potencias.

Aquella independencia fue el comienzo de un proceso, no su final.

Y doscientos diez años después seguimos discutiendo exactamente lo mismo.

Porque parece que existe una enfermedad crónica en nuestra dirigencia: la incapacidad de creer que los argentinos podemos decidir nuestro propio destino.

Siempre aparece algún salvador extranjero.

Ayer era España.

Después fue Inglaterra.

Más tarde Estados Unidos.

Mañana será cualquier potencia que prometa financiamiento, protección o negocios.

Cambian las banderas. Cambian los imperios. Cambian los nombres. Pero el mecanismo es idéntico: convencer a los argentinos de que solos no podemos.

Y lo más grave no es que existan intereses extranjeros. Eso ocurre en cualquier país del mundo.

Lo verdaderamente grave es que siempre aparezcan dirigentes nacionales dispuestos a ponerles la alfombra roja.

La historia argentina está llena de episodios donde sectores de poder buscaron apoyo externo para resolver conflictos internos o consolidar sus propios intereses. No es una novedad. Tampoco es patrimonio de un solo espacio político. Es una constante que atraviesa nuestra historia.

Por eso resulta inevitable preguntarse qué significa hoy la independencia cuando un presidente reivindica de manera explícita su alineamiento con gobiernos extranjeros por encima de una política exterior guiada por los intereses nacionales. También corresponde preguntarse cuántas decisiones económicas, financieras y estratégicas responden primero a las necesidades del país y cuántas a las exigencias de actores externos.

La independencia no consiste en elegir un patrón distinto.

Consiste en no tener patrón.

Y eso vale para cualquier gobierno, cualquiera sea su signo político.

Mientras discutimos entre nosotros, el verdadero poder —el económico, el financiero y el geopolítico— sigue condicionando buena parte de las decisiones nacionales. Cambian los administradores, pero muchas veces los condicionamientos permanecen.

Por eso resulta tan peligroso el cipayismo.

No porque piense diferente.

Sino porque renuncia de antemano a la posibilidad de una Nación soberana.

El cipayo no discute cómo defender el interés nacional.

Discute cuál potencia extranjera conviene obedecer.

Y esa es una diferencia enorme.

San Martín no cruzó los Andes para cambiar un rey por otro.

Belgrano no creó la bandera para que termináramos arrodillándonos ante una potencia distinta.

Miles de hombres y mujeres no dejaron la vida para que dos siglos después naturalizáramos la dependencia como si fuera una virtud.

Claro que la independencia absoluta no existe. Todos los países comercian, negocian, se integran al mundo y construyen alianzas. La diferencia está en si esas relaciones se establecen desde la autonomía o desde la subordinación.

Ser independiente no significa aislarse.

Significa decidir por uno mismo.

Este 9 de Julio, disfrute del locro. Comparta unas empanadas. Abrace a su familia. Celebre nuestras tradiciones.

Pero antes de gritar “¡Viva la Patria!”, hágase una pregunta sencilla.

¿Qué es la patria?

¿Es solamente una bandera?

¿Una escarapela?

¿Un acto escolar?

¿O es la decisión permanente de que ningún interés extranjero esté por encima del interés de los argentinos?

Porque si quienes gobiernan —sea cual sea su partido— administran el país mirando primero hacia Washington, Londres, Pekín, Bruselas o cualquier otra capital antes que hacia su propio pueblo, entonces estaremos celebrando una independencia que todavía sigue siendo una tarea pendiente.

La independencia no se recuerda una vez al año.

Se ejerce todos los días.

Y empieza cuando una sociedad deja de aceptar dirigentes que consideran normal gobernar de rodillas.

Ese, quizá, sea el verdadero desafío de este 9 de Julio.

Que la próxima vez que digamos “¡Viva la Patria!”, podamos hacerlo con la tranquilidad de saber que también estamos dispuestos a defenderla.

Si lo deseas, puedo adaptarlo a un formato de editorial radial de unos 4 o 5 minutos, con un tono más contundente y recursos retóricos propios de la locución.

Deje un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *