(Por Carlos Aznares).- Son miles y miles que corren por las calles de La Paz agitando wilphalas y gritando: «que se vaya» refiriéndose al presidente lacayo de las directrices de Donald Trump, el derechista Rodrigo Paz. En seis meses de mal gobierno, el pueblo boliviano, que no sabe lo que es el posibilismo y el mentiroso «darle tiempo», han marchado, bloqueado las principales carreteras y demostrado al resto de los pueblos del continente, que las insurrecciones, cuando hay una causa justa, dan resultado.
Es fundamental, a la hora de analizar este levantamiento boliviano contra el poder establecido, tener en cuenta la larga historia de frustraciones, malos tratos, políticas entreguistas y golpes de Estado que se han descargado durante años contra los más humildes. Vale recordar que Bolivia es uno de los países de Latinoamérica que más reductos de esclavitud aún conservan, casi retrotrayéndose a la Edad Media, y que gran parte de esos sitios que durante el gobierno de Evo Morales fueron denunciados e intervenidos, pertenecen en su mayoría a esos empresarios corruptos que tanto en Santa Cruz como en Beni, o Tarija, se pronuncian hoy por el «sostenimiento del orden democrático».
Para la burguesía boliviana, acostumbrada a imponer sus políticas de despojo a punta de bala y encarcelamiento de los que consideran «díscolos», lo que hoy ocurre en el país los asusta y enerva, ya que con las definiciones racistas que no se ahorran en disimular, piensan, están convencidos, como sus antecesores los conquistadores españoles, que «los indios» no son dignos de estar incluidos en «sus» sociedades blancas, con influencia de los croatas nazis que al final de la guerra decidieron poblar algunas zonas del país y construir feudos donde la discriminación es moneda corriente.
De allí, que esta insurrección, nacida por la rebeldía frente a una ley, la1720 de tierras, que permitía convertir la pequeña propiedad agraria en mediana para usarla como garantía de créditos bancarios. O sea, concentrar las tierras en las pocas manos de los de siempre, que ni siquiera las usan para producir sino para generar latifundios.
Ese fue el disparador, allí surgieron las primeras protestas que fueron creciendo, a pesar de que el gobierno de Rodrigo Paz, decidió abrogar la ley, pero enseguida sus sostenedores políticos y empresarios, no ocultaron el disgusto, y lo que debía resolverse con una legislación agraria urgente, comenzó a cajonearse. A esto se le suma la falta de combustible, que viene de arrastre desde la época que gobernaba el ex presidente y ahora encarcelado, Luis Arce. Esos dos elementos encendieron la mecha, y el pueblo campesino e indígena, más una convocatoria de la Central Obrera Boliviana (COB), determinaron que comenzaran los primeros bloqueos y un paro nacional por tiempo indefinido.
Es entonces que las carreteras importantes comenzaron a llenarse, como suele pasar en estos casos, de grandes piedras, bloques de cemento, containers de basuras, y empezaron a arder las barricadas. Día y noche, con vigilias bien organizadas por las comunidades, aguantando fríos intensos, pero con la moral intacta de quienes saben por lo que están peleando, el mapa boliviano comenzó a teñirse de los múltiples colores de los ponchos varoniles y las polleras de las mujeres, infaltables y duras como el acero a la hora de la lucha.
A Rodrigo Paz, como todo burgués asustado, no se le ocurrió otra idea que sacar los milicos a la calle y empezar a meter bala indiscriminadamente. Basta ver los videos que muestran a capitanes alcoholizados, con uniforme de campaña, arengando a una tropa plagada de rostros tan indígenas como los que horas después reprimirían, y decirles que «por la patria vamos a darles un escarmiento a estos mugrientos». Pero, no les alcanzaron los amagues de imprimir un «disciplinamiento» a sangre y fuego, ni tampoco los cuatro campesinos que cayeron asesinados, para frenar lo que a esta altura es una nueva Fuenteovejuna. Por cada bala descargada, miles de piedras, molotov, palos y lo que se tuviera a mano fueron devueltas sobre esos «guerreros» del capitalismo. Hay escenas épicas, donde cientos de «ponchos rojos» rompen el cerco policial protegido por vallas, y hacen huir a los uniformados, desarmando incluso a varios de ellos.
Entonces, como siempre ocurre, aparecen los «apagafuegos» de turno, la Iglesia racista y preconciliar, los (in)Defensores del Pueblo, y las conocidas oeneges que sostienen que se hace necesario «dialogar», que «la violencia no conduce a nada», que «la democracia está en peligro», que… Con esos discursitos de ocasión, tratan, en realidad, de salvarle la ropa a un gobierno acorralado, que recibe órdenes directas de la embajada de Estados Unidos en La Paz.
Siempre que los pueblos hacen uso de la lógica autodefensa, y contestan a la violencia de los de arriba con respuestas similares pero desiguales, hay un coro de oportunistas y adherentes a los poderes fácticos, que quieren ganar tiempo para rearmarse, y ofrecen dialogar. Cuando esto no ocurre, y los insurreccionados descreen de los cantos de sirena, indefectiblemente los llaman «terroristas» y proceden en consecuencia. De allí el pedido de captura al máximo dirigente de la COB, Mario Argollo y otros referentes obreros y campesinos. La carátula del juicio que se le vendrá encima si tienen la mala suerte que los capturen, es por «instigación pública a delinquir y el posible delito de terrorismo». Ni qué hablar de la persecución que viene sufriendo desde hace años Evo Morales, al que no osan detenerlo porque saben que hay miles de campesinos dispuestos a defenderlo.
Así están las cosas en Bolivia. Con una insurrección en pleno desarrollo, con un final abierto, pero con una indudable demostración de que para los pueblos del continente y de todo el Tercer Mundo, «la pelea por los derechos arrebatados se gana peleando». Bolivia, marca de hecho, con el accionar corajudo de su pueblo un camino para quienes, soportando gobiernos fascistas, saqueadores y represores, con tropas yanquis asediando o incluso ocupando sus territorios, no se animan a confrontar. Y no lo hacen porque casi siempre, hay una dirigencia pactista, acomodaticia y fácilmente comprable que frena o acolchona las rebeldías necesarias y justas. Gran parte de esos escollos, enredados en la politiquería burguesa de «democracias rigurosamente controladas por los Estados Unidos», también existen en Bolivia, pero enfrente hay un pueblo bravo que no se amilana, que sabe, porque lo vivió hace muy poco, con Evo en el Palacio del Quemado, lo que es tener un gobierno que defiende sus conquistas, que puede tener errores pero que gracias a sus innumerables aciertos, es que se produjo una especie de resurrección de aquellos que durante siglos se los condenó a la exclusión. Pobladores, que como los palestinos del 7 de octubre, se vieron urgidos a gritar «Basta ya de tanta opresión, carajo».










