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Del “patrioterismo barato” a la reverencia a Trump: el gobierno se apropia de la bandera de Malvinas tras quedar en ridículo

Primero insultaron a Messi y descalificaron a los campeones. Hoy, Adrián Ravier admite la “visibilidad” del reclamo solo después de que el presidente estadounidense validara el gesto. Y, de postre, volvieron a llamar a la Argentina “país bananero”.

La falta de brújula, la subordinación servil y el cinismo tienen un nuevo y vergonzoso capítulo en la gestión de Javier Milei. Lo que comenzó como una cacería ideológica contra la Selección Argentina y su legítimo reclamo de soberanía en las Malvinas, terminó en un papelón internacional que el gobierno intentó lavar con un giro copernicano: ahora sí, la bandera “visibiliza” la causa. Pero claro, el arrepentimiento no llegó por convicción nacional, sino por el llamado de atención de Donald Trump.

Hasta hace pocos días, el vocero presidencial Adrián Ravier y el propio presidente Milei se habían esmerado en flagelar a los jugadores. El gesto de la Scaloneta tras vencer a Inglaterra en el Mundial, con la bandera que rezaba “Las Malvinas son argentinas”, fue tildado por el mandatario de “patrioterismo barato”. Milei llegó a hablar de consignas “berretas, populistas, nacionalistas y rancias”, acusando a los futbolistas de actuar de manera “imprudente”. El gobierno, en su afán de mostrar un alineamiento automático con las potencias occidentales, se deshizo en gestos de disculpas hacia los sectores ingleses, traicionando el sentimiento más profundo de la argentinidad.

Sin embargo, la realidad geopolítica y el sentido común le pasaron por encima a la improvisación oficial. El catalizador de este repentino “patriotismo” no fue la conciencia, sino Donald Trump. El presidente de los Estados Unidos salió a defender el derecho de los jugadores argentinos a mostrar su bandera y rechazó de plano las sanciones que reclamaban los sectores más reaccionarios de Inglaterra. La intervención del magnate estadounidense dejó al gobierno argentino en evidencia, expuesto ante el mundo como un ente servil que castiga a sus propios héroes para agradar a los vencedores de una guerra colonial.

Ante el espanto y el ridículo internacional, Ravier salió a intentar recomponer los platos rotos. A través de su cuenta en X, el vocero intentó apropiarse de la gesta: “Durante el Mundial, la reivindicación argentina volvió a tener una enorme visibilidad internacional tras la victoria frente a Inglaterra y la bandera desplegada por nuestros héroes de la Selección con la leyenda ‘Las Malvinas son argentinas'”, escribió, olvidando deliberadamente que hace 48 horas él mismo era el primero en pedirle perdón a los británicos.

Pero la hipocresía no conoce límites en la Casa Rosada. En el mismo breath en que intentan surfear la ola de popularidad del reclamo malvinero, Ravier no pudo evitar escupir su desprecio por el país que dice representar. “Siendo un país bananero, nunca vamos a recuperar las Malvinas”, sentenció, en una contradicción flagrante: ¿cómo pretenden defender la soberanía nacional insultando a la nación misma que la reclama?

El vocero intentó enmarcar su mea culpa en una supuesta estrategia diplomática: “Si logramos que la Argentina sea grande nuevamente, próspera y respetada, nuestras posibilidades de avanzar en el reclamo de soberanía serán mucho mayores. La única vía es la diplomática y el respaldo internacional resulta clave”. Traducción: la soberanía no se defiende con el corazón ni con la historia, sino pidiendo permiso en Washington y Londres.

Este sainete diplomático tiene un precedente reciente y cruel: el ataque desmedido del propio Ravier contra Lionel Messi. Cuando el capitán de la Selección señaló con crudeza y verdad que en la Argentina “la gente no llega a fin de mes” y “la viven peleando”, el gobierno salió en manada a criticarlo y descalificarlo, incapaz de soportar que el mejor jugador del mundo denunciara el desierto económico que ellos mismos ayudaron a consolidar.

Hoy, el gobierno intenta lavar su afrenta a los jugadores y a la historia nacional. Pero el daño está hecho. Quedó al descubierto que para esta gestión, la soberanía no es un principio innegociable, sino un accesorio que se guarda en el ropero cuando Trump lo permite, y se desprecia como “patrioterismo barato” cuando los ingleses fruncen el ceño. La Scaloneta volvió a ganar, y de paso, dejó en evidencia que el único “patrioterismo barato” en la Argentina de hoy es el que se ejerce desde los escritorios oficiales.

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