Mientras autos y motos ocupan veredas, circulan a velocidades temerarias y convierten cada calle en una trampa mortal, la autoridad responsable del control mira para otro lado. Vecinos y vecinas, cansados de reclamar al vacío, toman las fotos que el municipio se niega a ver.
Hay una certeza que recorre las calles de esta ciudad con más fuerza que cualquier vehículo: la ausencia total de controles de tránsito no es un descuido pasajero, es una política de hecho. Y sus consecuencias las pagan, cada día, las y los peatones que se ven obligados a bajar a la calzada porque una camioneta o un auto decidieron que la vereda también es suya.
En el barrio Mansilla, la postal se repite con una constancia que ya no sorprende pero sí indigna. Vehículos estacionados en lugares prohibidos, bloqueando rampas, ocupando esquinas, reduciendo la vía pública a un laberinto donde caminar es un acto de riesgo. Los reclamos de vecinos y vecinas son numerosos, reiterados y, sobre todo, ignorados. Tan ignorados que la comunidad ha tenido que convertirse en fiscalizadora: envían fotos, documentan, visibilizan. Porque tal vez —y esta es una hipótesis que cuesta descartar— quienes gobiernan pasan sus jornadas entre cuatro paredes y desconocen por completo lo que ocurre en las calles que juraron cuidar.







El funcionario ausente
Conviene ser precisos: la responsabilidad no recae sobre las y los inspectores de tránsito, empleados sujetos a las órdenes de sus superiores. El señalamiento apunta directamente al funcionario o funcionaria que tiene bajo su cargo el control del tránsito en la localidad. Basta salir a cualquier arteria transitada para comprobar que esa función, si alguna vez existió como política activa, hoy brilla por su ausencia.
Las malas maniobras son moneda corriente. Los vehículos circulan a velocidades incompatibles con la vida urbana, como si las calles de Choele Choel fueran una pista sin límites. El resultado es predecible: los peatones, despojados de cualquier garantía, ceden su derecho de prioridad de paso ante conductores que parecen compartir una urgencia incomprensible. Si la cuenta de siniestros no es más trágica, no es mérito de quienes deben prevenir, sino de la prudencia de quienes caminan.
“La gente, incluso abuelos y niños, no tiene por qué ponerse en riesgo por esta clase de personas. Ayer una abuela con bastón tuvo que bajar a la calle por este energúmeno”, relata un lector con la bronca contenida de quien ya perdió la esperanza de que alguien actúe.
La tarde como territorio hostil
La Avenida San Martín y el Paseo Jesús Zuain se transforman cada tarde en un escenario de caos previsible. Grupos de motociclistas con escapes libres rugen a velocidades inadecuadas, desafiando el sentido común y el oído de toda la comunidad. Automovilistas sobrepasan por la derecha con total naturalidad. Chicos en bicicleta ejecutan maniobras peligrosas o circulan a toda velocidad por las veredas. A este cuadro se suman paseadores de perros sin correas, con animales que cruzan las calles a merced de conductores temerarios que aprietan el acelerador como si quisieran vencer algún récord inexistente.
La normalidad del descontrol
Lo más grave de todo no es un hecho aislado. Es la acumulación. Autos mal estacionados. Motos sobre las veredas. Vehículos sin luces circulando de noche. Velocidades incompatibles con la convivencia urbana. Nada de esto es excepcional: es la normalidad instalada. Y una normalidad así no se corrige sola. Se corrige con decisión política, con presencia en la calle, con una rutina de control que ordene y sancione.
Nada de esto podría suceder si el funcionario responsable tuviera una política de control clara y le diera a sus inspectores las herramientas y las instrucciones para aplicarla. Pero mientras esa política no exista, Choele Choel seguirá siendo una ciudad donde manejar sin respetar la ley no tiene consecuencia alguna, y donde cruzar la calle sigue siendo, para muchos, un acto de fe.









