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Estudio sobre tecnología y educación desata alerta: ¿Es la Generación Z realmente “menos capaz” que sus padres?

Neurocientífico advierte ante el Senado de EE.UU. que el uso masivo de dispositivos en aulas coincide con caídas en pruebas PISA; expertos piden cautela para no confundir correlación con causa ni generalizar datos complejos.

Por Redacción Educación | Actualizado mayo 2026

Una declaración reciente del neurocientífico Jared Cooney Horvath frente al Senado de Estados Unidos ha reavivado el debate global sobre el impacto de la tecnología en el aprendizaje. Horvath señaló que, por primera vez en la historia moderna, una generación —la Z— estaría mostrando indicadores cognitivos inferiores a los de sus progenitores en áreas como atención, memoria, lectura, matemáticas y coeficiente intelectual.

El experto vinculó este fenómeno con la adopción masiva de herramientas digitales en los colegios a partir de 2010. Citando datos de la OCDE y las pruebas PISA en 80 países, afirmó que los estudiantes que utilizan computadores cinco horas diarias en el aula obtienen resultados hasta 50 puntos menores que sus pares con uso moderado, una diferencia que equivaldría a aproximadamente un año y medio de retraso escolar.

El caso chileno y las señales de alarma

En Chile, los últimos informes PISA muestran que solo el 1% de los estudiantes alcanza niveles de alto rendimiento, muy por debajo del promedio OCDE (cerca del 9%). Este dato ha alimentado críticas hacia iniciativas que entregan dispositivos como Chromebooks a niños en etapas tempranas de aprendizaje lector, bajo la premisa de que el lápiz y el papel siguen siendo herramientas insustituibles para consolidar habilidades fundamentales.

Algunos docentes universitarios han comentado, de manera anecdótica, que han debido ajustar exigencias evaluativas para adaptarse a las nuevas realidades de sus estudiantes, aunque no existe evidencia sistémica que confirme una “baja generalizada” del nivel académico en la educación superior.

Lo que dice la ciencia: matices necesarios

Pese a la contundencia de algunas afirmaciones, especialistas en educación y neurociencia llaman a analizar la información con rigor:

  • No hay consenso sobre una “generación cognitivamente inferior”: Si bien se observan retrocesos en pruebas estandarizadas, el llamado “efecto Flynn” (aumento histórico del CI) se ha desacelerado, no invertido de forma uniforme. Factores como la pandemia, cambios curriculares y desigualdades sociales también influyen.
  • Correlación no implica causalidad: Los datos de la OCDE muestran que países con mayor inversión en tecnología educativa no siempre mejoran sus resultados PISA. Sin embargo, esto no demuestra que la tecnología cause el descenso; puede reflejar diferencias socioeconómicas, calidad de implementación o uso pedagógico inadecuado.
  • El diseño pedagógico es clave: La evidencia sugiere que el exceso de pantallas puede afectar la atención en etapas tempranas, pero la tecnología bien integrada —como complemento a métodos probados— puede potenciar el aprendizaje. No es el dispositivo, sino su uso, lo que marca la diferencia.
  • Cifras que requieren contexto: La afirmación de que “50 puntos PISA equivalen a un año y medio de escolaridad” es una aproximación válida en investigación educativa, pero los resultados varían según país, cohorte y área evaluada. Del mismo modo, el porcentaje de estudiantes de alto rendimiento en Chile debe leerse en función de la metodología específica de cada informe.

Conclusión responsable: ni alarmismo ni negacionismo

La discusión sobre tecnología y aprendizaje no admite simplificaciones. Existen señales preocupantes que merecen atención política y pedagógica, especialmente en lo referente al uso excesivo de pantallas en edades tempranas y a la necesidad de formar docentes para integrar herramientas digitales con criterio.

Sin embargo, afirmar que “la Generación Z es cognitivamente inferior” o que “la tecnología escolar daña inevitablemente el desarrollo” excede lo que la evidencia científica ha demostrado hasta ahora. Como señala un reciente análisis de la UNESCO: “La pregunta no es si usar tecnología, sino cómo, cuándo y para qué”.

Mientras la investigación avanza, la recomendación para familias y educadores es clara: priorizar métodos con respaldo empírico, limitar el tiempo de exposición pasiva a pantallas y recordar que, en educación, no hay atajos tecnológicos que reemplacen la calidad de la interacción humana, la práctica deliberada y el acompañamiento pedagógico intencionado.

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